El semanario alemán Der Spiegel recupera la antigua tradición europea de culpar de ello principalmente a Estados Unidos: “Los comentarios que hizo el presidente Obama tras el desastre que provocó el huracán Sandy hizo surgir en todo el mundo esperanzas de que Estados Unidos iba a estar por fin dispuesto a actuar frente al cambio climático. Pero la negativa norteamericana a hacer concesiones en Doha muestra que su posición ha cambiado muy poco”.
Pero lo de Europa es es casi peor. Porque está dando marcha atrás. Según ha contado Le Monde, la Comisión europea acaba de informar que mantiene sus subvenciones para la compra de créditos de emisiones de gases carbónicos, desdiciéndose de lo que había prometido hasta hacía poco. “Es un nuevo revés para la Comisión –dice Le Monde- que el 12 de noviembre había renunciado a incluir a las compañías aéreas extra-continentales en su sistema de cuotas”. Los empresarios contaminadores están ganando en todos los frentes. La crisis y la necesidad de mantener el empleo son excusas que sirven para todo.
Y, sin embargo, los científicos siguen subrayando las alarmas. Dos de ellos, Benjamin Strauss y Robert Kopp han escrito lo siguiente en el New York Times: “Tememos que el huracán Sandy ha sido solo un modesto preestreno de los peligros que están por llegar, mientras seguimos alimentado nuestra economía global quemando combustibles que contaminan el aire con gases de efecto invernadero”.
Este lunes el New York Times recogía un sondeo según el cual el 69 % de los neoyorquinos creen que el huracán Sandy, al igual que las tormentas tropicales Irene y Lee, del año pasado, tienen que ver con el cambio climático. La sensibilidad ante del drama ha aumentado de golpe. Claro que para eso les ha tenido que caer encima el diluvio.
Y, para terminar, una reflexión mucho más amplia. La hacía también este lunes, George Monbiot en el Guardian londinense,: “Las mayores crisis de la humanidad coinciden con el auge de una ideología que hace imposible hacerles frente. El neoliberalismo se propone liberar al mercado de cualquier interferencia política. Pero lo que llama “el mercado” son los intereses de las grandes corporaciones y de los super-ricos. El neoliberalismo es poco más que la justificación de la plutocracia. Evitar el colapso climático –los 4, 5 o 6 grados de calentamiento pronosticados para este siglo por extremistas verdes como el Banco Mundial, la Agencia Internacional de la Energía o Price Waterhouse Coopers- significa enfrentarse a las industrias del petróleo, del gas y del carbón. Significa cancelar las prospecciones y el desarrollo de nuevas reservas, así como revertir el desarrollo de cualquier infraestructura (como los aeropuertos) que no podrían funcionar sin ellas”.
“Pero los estados no pueden actuar”, concluye Monbiot. “Sólo pueden sentarse en medio de la carretera y esperar a que les arrolle el camión. Todo ello evidencia el mayor y más amplio fracaso del fundamentalismo del mercado: el de que es incapaz de hacer frente a nuestra crisis existencial. La lucha contra el cambio climático no podrá ganar sin una lucha política mucho más amplia: una movilización democrática contra la plutocracia”.
http://www.eldiario.es/miradaalmundo/Alguien-acuerda-cambio-climatico_6_76702330.html
Que la lucha contra el cambio climático había caído en un lugar muy bajo de la agenda política mundial (en la local y en la del día a día parece que también) era una evidencia desde hace tiempo. El desinterés con que se está siguiendo la cumbre de Doha, que empezó el 26 de noviembre y concluirá hoy 7 de diciembre, indica que prácticamente se ha caído de ella. Nunca una reunión de ese tipo, que es una continuación de las cumbres de Copenhagen en 2009, de Cancún en 2010 y de Durban el 2011, había sido tan ignorada. Particularmente en España, porque algunos diarios de otros países, aunque no en sus páginas principales, se están ocupando un poco de ella.







