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CÓMO COMPARTIR LA VIDA EN IGUALDAD

by Jose Ortiz

comoigualdad.jpgHubo una época muy larga en la que convertirse en ser humano consistía en reproducir los hábitos, las ideas y las palabras que usaban las mujeres y los hombres de generaciones anteriores. Reproducirlas lo más fielmente posible, porque cualquier cambio podía convertirse en un error fatal, dado que la única fuente de conocimiento que tenía la humanidad era la experiencia de las personas que vivieron antes.

Por esto ni siquiera se sabía que la cultura podía ser distinta, que la vida podía ser distinta. Los antiguos habían vivido de una cierta manera y la tarea de las generaciones era transmitir a las criaturas nuevas las pautas que las llevarían a vivir del mismo modo, copiando todos los detalles heredados.

Toda innovación era castigada por peligrosa, porque podía destruir un edificio tan frágil y tan costosamente elaborado.

Un edificio del que ni siquiera se sabía que era construido, sino que parecía el único lugar habitable, la única forma posible de vivir: las cosas eran así porque no podían ser de otro modo, y además, generalmente, algún dios había prescrito que así fueran y todo cambio hubiera sido pecado.

Esta forma de funcionar tenía ventajas: evitaba las dudas personales, las incertidumbres, los riesgos. Siempre había una fórmula para saber cómo actuar, como opinar: imitar a los abuelos, a los padres, a los tíos. Evitar cualquier variación, cualquier prueba, cualquier camino alternativo, y mantenerse en la senda ya trazada con la seguridad de que con ello se alcanzaría la aprobación de los mayores durante la vida y el cielo después de ella.

Pero también tenía muchos inconvenientes: por ejemplo, la humanidad era muy pobre, tenía muy poca capacidad para obtener recursos de la naturaleza; la vida era corta y difícil; las jerarquías eran intocables: quien tenía poder lo mantenía para siempre, y quien tenía que obedecer no podía librarse nunca de ello; y quien era capaz de encontrar otras formas de trabajar o de vivir, más útiles, más ricas o más hermosas, tenía que callar, disimular y frustrarse, porque de otro modo hubiera acabado en la hoguera.

Esta fue la infancia de la humanidad, que duró hasta casi ayer y que aún persiste en algunas zonas del mundo. Pero en otras, las cosas cambiaron, y ya vamos saliendo de la infancia. Creció el número de las personas que creyeron que no había un solo modo de vivir, y que la innovación podía beneficiarnos. Creció el número de quienes no se resignaron a aceptar las ideas impuestas ni las jerarquías impuestas, y que decidieron, a veces a costa de su vida, abrir puertas y ventanas y atreverse a innovar. Porque se dieron cuenta que otros modos de ser, de estar y de hacer eran posibles e incluso tal vez mucho más convenientes. Y así, todo, o casi todo, pudo ser puesto en duda y construido de nuevo, ensayado, intentado. Se empezó a valorar el cambio como algo positivo.

Hoy sabemos que hombres y mujeres ya no crecen como los árboles en los bosques, impulsados sólo por su naturaleza y las condiciones del suelo, el agua y el aire, sino que llegarán a ser de una u otra manera según la educación que les demos, los ejemplos que vean a su alrededor, la libertad de que disfruten. La educación es cada día más importante, pero no como molde que troquele por igual a todos y a todas, sino como ámbito de posibilidades ofrecidas para que cada una y cada uno pueda elegir y desarrollar sus capacidades, sus deseos, sus aportaciones a la vida común. Pero, como siempre, esta nueva fase de la humanidad, casi adolescente, tiene ventajas y desventajas. Tampoco sería muy justo con quienes nos precedieron que ahora tuviéramos todas las ventajas, ¿no es cierto?

Las ventajas son enormes y evidentes: ir conociendo las bases de nuestra cultura, de nuestros hábitos, de nuestros actos, nos permite ser más libres y también más felices. Para empezar, vivimos más tiempo y lo vivimos organizando nuestra vida en la manera que nos parece mejor, aunque todavía con muchas limitaciones. Y un gran número de posibilidades aún no exploradas se abren ante los hombres y mujeres jóvenes: una vida que ya no tiene porque imitar la de sus antecesores, sino que puede inventar y reinventar sus objetivos, sus razones, sus deseos, sin aceptar imposiciones que no provengan de la propia naturaleza o de las necesidades de la convivencia.

Pero siempre hay alguna desventaja, y en este caso reinventar la vida y usar la libertad exige un cierto esfuerzo: ya nada es seguro al cien por cien, ya no hay verdades eternas. Incluso la ciencia varía sus explicaciones más elaboradas a medida que avanza. Incluso las verdades que nos han transmitido nuestras familias pueden ser puestas en duda. Incluso lo que creemos hoy, lo que consideramos cierto, lo que nos constituye como seres humanos, como hombres y mujeres, puede ser modificado porque tal vez mañana descubramos que era solo un prejuicio y no una verdad que nos ayudara a progresar.
 
Marina Subirats

Prólogo del Libro
CÓMO COMPARTIR LA VIDA EN IGUALDAD
GUÍA PRÁCTICA PARA CHICAS Y CHICOS

Guía editada por el Consejo de las Mujeres del Municipio de Madrid.
Autoras: Luz Martínez Ten y Rosa Escapa Garrachón
   

 http://www.consejomujeresmadrid.org/Upload%5CDOC218_guiacompartir.pdf

scoutopia.jpg “En esta Ronda Solar proponemos destacar la importancia que tienen las actuaciones preventivas de cara a ofrecer nuevas alternativas en las que mujeres y hombres alcancemos la igualdad efectiva de derechos y oportunidades.

Por ello este Proyecto, Scoutopía, pone un acento especial en el análisis de la conformación de roles y estereotipos sociales que condicionan el desarrollo de las elecciones que niñas, niños,  adolescentes y jóvenes pueden realizar en el futuro.
 
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