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Buscar el Camino

by Jose Ortiz
buscarcamino.jpgCasi a diario nos vemos conmovidos por noticias de violencia política, religiosa, racial o hasta deportiva. Nos cuesta entenderlo y tendemos a creer que los perpetradores de esos actos son alguna especie de monstruos mutantes. Pero no debemos engañarnos. Lamentablemente no provienen del espacio exterior. Son sólo el emergente, la versión extrema de sentimientos o actitudes que están presentes en muchos de nosotros.
 
Todos hemos sido testigos, o víctimas, o incluso causantes de pequeños actos de este tipo, en apariencia tan poco importantes que nunca tendrán espacio en la prensa. Tal vez sea una burla hacia alguien por su peso, altura o algún supuesto defecto físico. O el maltrato en un comercio u oficina pública hacia alguien de otra nacionalidad, raza, religión o lo que fuera. O quizás algún abuso de poder o autoridad. 
La causa de todos estos males es mucho más sencilla de comprender de lo que podría suponerse. Está en la dificultad que tenemos en “ponernos en el lugar del otro”. Podría decirse que es una tendencia natural en el ser humano creer que nuestras ideas, deseos o intereses son más importantes que los del vecino. Tal vez no sea simplificar mucho si decimos que nuestra sociedad tendrá éxito o no en la medida que logremos la verdadera igualdad de derechos y deberes de todos los que la integramos. Debemos decir que la historia está plagada de fracasos, pero también hubo algunos éxitos.

Nuestra civilización es, en gran parte, heredera de la antigua Grecia. Dicho esto casi tres mil años más tarde, podemos suponer que algo bueno habrán hecho. Grecia no existía como tal, sino que eran muchas ciudades-estado. Las más importantes, Esparta y Atenas, siguieron rumbos diferentes como sociedades y dejaron importantes lecciones.
 
En Esparta el poder estaba en manos de unos pocos ciudadanos, nunca más de diez mil, que eran dueños de todas las tierras y todos sus habitantes. Dedicaban su vida a prepararse para la guerra y delegaban toda otra actividad en sus esclavos, El comercio y los oficios estaban a cargo de los esclavos urbanos, los periecos, y la agricultura, de la abrumadora mayoría de esclavos rurales, los ilotas. No tenían ningún derecho, el trato hacia ellos era de sumisión absoluta por la fuerza. Casi no se admitían extranjeros, y menos aún si eran de otra raza o religión. Las artes y ciencias eran menospreciadas y los ciudadanos no se dedicaban a ellas en público. No se toleraba ninguna clase de defecto físico, a tal extremo que si los niños recién nacidos no cumplían con las normas, se los arrojaba a un barranco del monte Taigeto. Tal vez lo único que puede decirse en su favor es que eran los mejores soldados y no dudaban en sacrificarse por su patria.

En Atenas, los ciudadanos también estaban dispuestos al sacrificio patriótico, pero pensaban que hasta que ese día llegara, valía la pena disfrutar un poco de la vida. Era una sociedad totalmente abierta. A su puerto, El Pireo, llegaban barcos de todas partes del mundo conocido, llevando gente de todas las etnias y todas las lenguas, cada uno con su cultura y sus intereses. Y Atenas los recibía ávidamente, sin restricciones, y aprendía de ellos y ampliaba su visión del mundo. Nadie era rechazado por tener ideas diferentes sino que era bienvenido para discutirlas. Las discusiones en total libertad y respeto por el otro originaron un ambiente de creatividad incomparable. La filosofía, las ciencias y las artes alcanzaron un nivel que sólo se volvería a ver en el renacimiento.

Podría argumentarse en su contra que no eliminaron la esclavitud, pero en realidad sus esclavos recibían mejor trato que la mayoría de los actuales asalariados del tercer mundo. No sería justo exigirles a ellos algo que aún no hemos logrado nosotros.

Esparta desapareció sin dejar muchos recuerdos, salvo referencias vagas e incompletas al patriotismo, generalmente en la arenga de algún trasnochado dictador carente de otro argumento.

Pero Atenas vive todavía, no sólo en sus edificios, sino como herencia cultural tan rica que es difícil creer que haya sido desarrollada en unos pocos siglos. Vive en la ilusión que nos dejó por recrear aquel clima de libertad y respeto mutuo, de auténtica democracia e imaginación sin límites. Vive porque si alguna vez llega la hora del sacrificio, será por ideales de justicia y no por patriotismo obligatorio. Nunca será por defender un orden injusto.

Lo importante no es llegar a la meta sino transitar el camino. Ese camino se recorre paso a paso, dejando atrás egoísmo y mezquindades, tratando siempre de “ponerse en el lugar del otro”, ayudando a quien no pueda hacerlo solo, comprendiendo que en realidad nadie puede hacerlo solo. No es imposible como nos han dicho siempre.

Sabemos cuál es nuestra meta. Busquemos juntos ese camino.
 
Leticia y Héctor Casariego
Buenos Aires. Argentina
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Modificado el Martes 22 de Abril de 2008 00:02
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