En el artículo anterior hablamos sobre la sorprendente dimensión social que iba alcanzando el Escultismo desde sus orígenes y de cómo era algo que no andaba en los planes iniciales de Baden-Powell y que solo después de ver su incidencia espontánea se afirma en su validez como un "método para el adiestramiento de la ciudadanía". También hicimos mención al artículo de la Ronda pasada en el que reflexionábamos sobre su apasionante biografía (una auténtica road movie con momentos aventureros impactantes): la de un hombre capaz de enfrentarse a sus propias estructuras mentales y de valores: del colonialismo expansionista al pacifismo; del eurocentrismo al multiculturalista sincero sin pretensiones cosmopolitas; del machismo más burdo a un "feminismo" matizado pero honesto; del conservador convencido de los valores de la disciplina educativa inglesa al "pedagogo" inspirado en el resultado educativo obtenido del respeto y la comprensión de los educandos.
Dediquemos unas líneas ahora a la dimensión educativa de ese movimiento que iba naciendo alimentado por su personalidad.
Baden-Powell inicia muy pronto sus lecturas e inmersiones teóricas en el mundo de la pedagogía de manera que cuando a sus 54 años abandona la carrera militar ya es un hombre instruido en la materia pese a que nunca presumiera, ni siquiera al final de su vida, de ser un pedagogo, ni siquiera un intelectual. Sí presumía y sus libros están plagados de referencias más o menos explícitas de su curiosidad, una persistente capacidad de observación (se divertía descubriendo características de la gente por los detalles de la ropa, su dicción, los gestos...), intuición, sensibilidad y pragmatismo. Todos estos rasgos permitieron ese viaje interior al que hacemos referencia. La verdadera habilidad de la que estaba más satisfecho fue la de que decidiera lanzar sus ideas no a maestros ni a eruditos sino directamente a los chavales, con la pretensión moralizante de probar sí, calando en ellos, podría resultar válido para reforzar el penoso panorama educativo de la Inglaterra de las Revoluciones Industriales.
Aunque es un asunto en permanente estado de estudio (son muchas las cartas, reflexiones dispersas y entrevistas de Baden-Powell que hacen referencia a sus lecturas, modelos, influencias...) y merece otra serie de artículos si me gustaría que nos quedáramos aquí con un boceto del panorama educativo en que surge nuestra bonita historia: por un lado una mayoritaria educación en esquemas clásicos disciplinarios autoritarios, jerarquizados y verticales que bajo la pretensión poco optimista de que los niños y jóvenes son ignorantes, débiles y malos deben ser instruidos ("desasnados" se decía en España), reprimidos, castigados y forzados. Por otro lado una corriente minoritaria aunque creciente que hundía sus raíces en las figuras filosóficas de Locke, Herbart y Spencer y en las bases humanistas y revolucionarias del pensamiento Ilustrado de finales del s.XVIII (Rousseau). Esa corriente se materializaba en la Nueva Escuela o Pedagogía Progresista. Mencionar a unos pocos de sus practicantes (desde sus orígenes hasta nuestros días) es un acto de injusticia con sus muchos pedagogos de interés (me permito por su relevancia y por ser de los más conocidos a una mujer, Maria Montessori, y a nuestro Francisco Giner de los Ríos). Sus convencimientos continúan vigentes hasta nuestros días y aunque desgraciadamente la plenitud de su modelo se practica en pocos centros educativos si podemos decir que el sustento de su pensamiento si ha irrigado, con mucho o poco éxito, toda la trama de los sistemas educativos del mundo occidental. ¿Imaginamos a B-P acostumbrado al polvo de los raids africanos, a los disfraces que con maestría utilizaba como agente secreto en la India, a los convoyes mimetizados y escondidos en laderas del Próximo Oriente, rivalizando intelectualmente con estos especialistas? Nunca fue su pretensión.
Sin entrar en más detalles, podremos en el futuro, apetece echar un vistazo curioso, una lectura entrañable y contextualizada en su figura y en su época, a la ponencia que presentó Baden-Powell en agosto de 1922 en el Tercer Congreso Internacional sobre Moral y Educación en Ginebra (antecesores de la Oficina Internacional de Educación de la Unesco) dónde había sido invitado. B-P vivía muy lastimado de la terrible Gran Guerra (cuyo centenario se ¿"celebró"? el pasado año) y sobre todo de los resultados terribles de ella (recordemos que fue durante la Guerra cuando se decidió, sin más remedio, a la creación de nuestros maravillosos Lobatos). Muchas veces reconoció con horror que pese a sus muchas aventuras peligrosas vividas la peor de sus experiencias vitales fue sentir el horror de todas aquellas naciones aniquilándose hasta el exterminio.
Como la lectura no tiene desperdicio, es algo muy personal y no debo convertirme en interprete de ella, es mucho mejor que la sigáis cada uno desde nuestro enlace. Por supuesto no debemos olvidar los contextos ni el lenguaje de aquellos años. Se titula (y lo dice todo):
"La educación por el amor en sustitución de la educación por el temor".
Para despedirnos que mejor que disfrutar del aroma de las imágenes de su publicación original en la Revista "El Explorador" en 1923. (Click en la imagen de la cabecera para ampliar)
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