Al terminar la mañana, con el estómago gruñendo y bajo el fuerte sol que cae sobre las pavimentadas calles de San Salvador, se dispone a volver a casa; su cuerpo reacciona sudando por la combinación de calor con la pesadez de los cuadernos y otros útiles escolares. Pero ahí va, dando un paso a la vez; uno tras otro hasta llegar a casa.
Cuando ya solo le separan 25 metros de la puerta de su hogar, respira y saca fuerzas de flaquezas, se olvida de los lentos pasos que han quedado atrás y corre como una gacela, lleno de emoción y empeñado en incorporarse a la divertida tarde que le espera con la banda del barrio.
Antes, tiene que cocinar para comer, lavarse los dientes y hacer las tareas, hábitos que más que simple rutina, practica al margen de los consejos de su madre, quien vuelve por la noche después de vender sus frutas en el mercado y sueña con ver a su hijo convertido en “alguien” en el futuro.
Su campo de juegos: la quebrada de detrás de la casa, que bordea el contaminado río Acelhuate –el cual contiene un enorme porcentaje de la basura de la ciudad– que es el escenario donde suceden las más emocionantes aventuras de la infantil pandilla que todas las tardes se reúne para explorar.
Lo primero, antes de salir a la calle, es quitarse el uniforme y los zapatos -claro, son los únicos y hay que cuidarlos- además, esta noche hay partido en el estadio y como siempre, sabe que su deber –como hombre de la casa– es el de ir a trabajar vendiendo gaseosas y cervezas en las graderías. El sábado y domingo hay corta de caña, por lo que esta semana será dura, pero dejará dividendos suficientes para la lata de leche de su hermanita de un año y medio.
Ayer vino su padre a casa, quien les abandonó hace tiempo y les visita una que otra vez durante el año, pero solamente cuando ha habido suficiente alcohol para ayudarlo a acercarse a su familia; así que Felipe tiene una nueva seña en el rostro, recuerdo de que la intención de defender a su madre no es suficiente cuando se tiene corta edad y de que no está en condiciones de retar a su padre a pesar de los malos tratos y desacuerdos.
La vecina de enfrente le cambia las gasas y le cura la herida, le dice que no esté mucho tiempo bajo el sol, ya que se le puede infectar, pero él asegura que no es nada grave, se toca con su pequeña mano y dice para sí “solo es una raya más para el tigre”.
Una hora antes de que el árbitro pite el inicio del juego en el Estadio Cuscatlán, Felipe se encuentra ya en las graderías preparando el puesto con los otros “trabajadores” y la dueña del negocio. Después de una larga faena, una vez más, su equipo, el FAS, cayó derrotado ante el Alianza FC con un gol en el último minuto; pero sale animado ya que la taquilla fue buena y hubo muchos clientes esa noche, lo que se tradujo en siete dólares de ganancia para él.
Al llegar a casa, se despide de los amigos que le acompañan, entrega el dinero a su madre y se dispone a cenar a la opaca luz de una vela y la vieja lámpara de baterías que encontró en una de sus exploraciones en la quebrada. Acaricia por última vez en el día a su mascota y finalmente se dispone a dormir, ya que mañana le espera –con algunas variantes– lo mismo que hoy.
Felipe y los otros niños del barrio tienen vidas parecidas, algunos trabajan en una cosa, otros en otra, pero al final es lo mismo: estudiar, trabajar, cuidar la casa, jugar y crecer en un ambiente adverso, en un lugar que no es visitado nunca por Santa Claus ni los Reyes Magos; un sitio que parece haberles condenado sin la oportunidad de haber hecho nada. Pero la decisión de ellos es seguir adelante, por amor, por amor a la familia y a los ideales de triunfar.
En el futuro, de una u otra forma, tanto él como sus amigos, se darán cuenta de que su situación social no era normal, de que tuvieron derechos (los cuales fueron constantemente violados) y nadie se los dijo cuando podían gozarlos; o se preguntarán si esos derechos que conocieron como adultos no eran en realidad una utopía en su barrio, y se plantearán que a lo mejor aunque hubiesen tenido conciencia de éstos nunca hubieran podido gozarlos. En ese momento, la vida parece presentarse como un injusto camino bifurcado, y cuya bifurcación representa dos ineludibles opciones posibles que requieren de una decisión inmediata: el camino que conduce al nacimiento del nuevo hombre que lucha por lograr la humanización propia y la de los demás o el que conduce a convertirse en parte del sistema opresor, injusto e inhumano.
Atendiendo a la lógica, aunque duela reconocerlo, la vida de estos y otros niños en el mundo está siendo cada día influenciada negativamente, de tal manera que al momento de alcanzar su madurez y definir su postura en la sociedad todos nos sorprendemos y preguntamos por qué en los barrios bajos tienden a tomar el camino equivocado.
Ojalá el pequeño Felipe y sus colegas sean de los que cambian la historia…
Ya no soy vecino de Felipe, pero sé que en este momento estará trabajando como un verdadero héroe, como un HOMBRE que a corta edad contribuye con el soporte económico de su familia, a la vez que estudia y se divierte; que sin darse cuenta ridiculiza al sistema con su decisión de no darse por vencido; porque parece que la vida es tan injusta como para que la “justicia” exista en todos los sectores del planeta, y como siempre, al final de todo, acabo sin entender, por eso me hago preguntas tratando de hallar las respuestas.
¿Los niños de mi barrio no conocen a Santa Claus y los Reyes Magos? o ¿Santa Claus y Los Reyes no les conocen a ellos?.
Bobby.-










