Con el ímpetu del vendaval, las casas temblaban por la tormenta seca, todo electricidad, arena y rayos. Peligraban los edificios y las comunicaciones, cada vez se aislaba más y reinaba el silencio.
La tristeza de no encontrar soluciones afligía a los ciudadanos, que cabizbajos se escondían en las casas, echaban su anclaje de titanio al suelo para que no se los llevase el viento.
Ya eran pocos los que quedaban.
Se había llevado a tantos.
Ángela Ibáñez
CIUDAD SIN AGUA
Publicado en Artes y Letras.
Heraldo de Aragón








