Las páginas de los diarios son un muestrario donde sociólogos y psicólogos pueden abrevar en búsqueda de dilucidar la contradicción a la que aludimos. Algunos ejemplos extremos, muchas veces dolorosos, sirven para plantear con más claridad el punto.
Días pasados murió un niño mientras practicaba carreras en un karting, en una zona del parque Gral. San Martín (Buenos Aires) que se usa para eso. El trágico accidente ocurrió en presencia de los padres. Producida la desgracia aparecen las demandas de control, se discute si lo había, si debía haberlo, por qué no lo había y días después aparece la información tranquilizadora: ahora hay control. Pero la tragedia ya ocurrió.
El caso de los accidentes de tránsito es patético, ya que a diario se producen decenas en el país. Las muertes, mutilaciones y discapacidades se cuentan por miles. Hace unos días nuestro diario ha dado detalles de los costos para los hospitales públicos -es decir para los contribuyentes- de la atención de los accidentados. Y, como siempre, aparece la letanía de la falta de control que se atribuye, obviamente, al Estado.
Pero lo triste de la situación es que cualquier estudio serio de la accidentología en el tránsito muestra que las causas son en general “fallas humanas”: vehículos en mal estado, exceso de velocidad, conductores alcoholizados, es decir responsabilidades personales. O en otros casos deficiencias en los caminos como carencia de señalización, deterioro del pavimento, es decir también “fallas humanas”.
Ni qué hablar de la violencia, creciente, de niños y adolescentes en las escuelas o de los jóvenes en lugares de diversión: los extremos son tales que cada vez con mayor periodicidad aparece la tragedia. El desenfreno, el desquicio psíquico y moral es tal que se llega al extremo de “organizar la violencia”, tal como con las mal llamadas “tribus urbanas” que invaden los lugares públicos para agredirse (son equivalentes a los “barras bravas” en el fútbol).
La lista de ejemplos es interminable pero no deberíamos dejar de mencionar una situación estremecedora por sus consecuencias futuras: el consumo de alcohol y drogas por adolescentes. Cualquier persona de edad puede advertir que llevamos ya muchos años de excesos de todo tipo, por lo que los “males de la noche” de tierras lejanas se han convertido en nuestra realidad cotidiana. El paisaje humano de cualquier amanecer a la salida de los “boliches”, sume en la tristeza y desaliento a todo ser humano que se ocupa del futuro.
¿Qué hacer entonces? La respuesta es siempre la misma muletilla: falta control. ¿Quién debe controlar? El Estado, por supuesto. ¿Quién es el Estado? Todos nosotros, los descontrolados, los auto controlados, los indiferentes y los que nada pueden hacer aunque quisieran hacerlo. Estamos en un círculo vicioso, perverso y decadente, cuyo destino no puede ser otro que vivir en una sociedad cada día menos sana y constructiva.
Días pasados murió un niño mientras practicaba carreras en un karting, en una zona del parque Gral. San Martín (Buenos Aires) que se usa para eso. El trágico accidente ocurrió en presencia de los padres. Producida la desgracia aparecen las demandas de control, se discute si lo había, si debía haberlo, por qué no lo había y días después aparece la información tranquilizadora: ahora hay control. Pero la tragedia ya ocurrió.
El caso de los accidentes de tránsito es patético, ya que a diario se producen decenas en el país. Las muertes, mutilaciones y discapacidades se cuentan por miles. Hace unos días nuestro diario ha dado detalles de los costos para los hospitales públicos -es decir para los contribuyentes- de la atención de los accidentados. Y, como siempre, aparece la letanía de la falta de control que se atribuye, obviamente, al Estado.
Pero lo triste de la situación es que cualquier estudio serio de la accidentología en el tránsito muestra que las causas son en general “fallas humanas”: vehículos en mal estado, exceso de velocidad, conductores alcoholizados, es decir responsabilidades personales. O en otros casos deficiencias en los caminos como carencia de señalización, deterioro del pavimento, es decir también “fallas humanas”.
Ni qué hablar de la violencia, creciente, de niños y adolescentes en las escuelas o de los jóvenes en lugares de diversión: los extremos son tales que cada vez con mayor periodicidad aparece la tragedia. El desenfreno, el desquicio psíquico y moral es tal que se llega al extremo de “organizar la violencia”, tal como con las mal llamadas “tribus urbanas” que invaden los lugares públicos para agredirse (son equivalentes a los “barras bravas” en el fútbol).
La lista de ejemplos es interminable pero no deberíamos dejar de mencionar una situación estremecedora por sus consecuencias futuras: el consumo de alcohol y drogas por adolescentes. Cualquier persona de edad puede advertir que llevamos ya muchos años de excesos de todo tipo, por lo que los “males de la noche” de tierras lejanas se han convertido en nuestra realidad cotidiana. El paisaje humano de cualquier amanecer a la salida de los “boliches”, sume en la tristeza y desaliento a todo ser humano que se ocupa del futuro.
¿Qué hacer entonces? La respuesta es siempre la misma muletilla: falta control. ¿Quién debe controlar? El Estado, por supuesto. ¿Quién es el Estado? Todos nosotros, los descontrolados, los auto controlados, los indiferentes y los que nada pueden hacer aunque quisieran hacerlo. Estamos en un círculo vicioso, perverso y decadente, cuyo destino no puede ser otro que vivir en una sociedad cada día menos sana y constructiva.
Aquí volvemos a nuestro título: libertad y responsabilidad. Hemos ido demandando cada vez más libertades de todo tipo. Cada uno quiere hacer lo que le viene en gana -y muchas veces lo logra- pero nadie quiere hacerse cargo de las consecuencias. Es una situación realmente paradójica: todos reclaman (de niños a adultos) la mayor libertad posibles y a la vez parecen reclamar que al lado de cada uno de ellos haya “otro” que controle sus excesos y sus consecuencias. Obviamente un absurdo. No puede haber libertad sin responsabilidad personal sobre los actos libres que realizamos.
Vale recordar aquí un principio básico de una sociedad liberal: merecemos la libertad para hacer lo que se debe, no lo que se quiere. No hay libertad sin principios morales claros y respetados.
Editorial Publicada en Diario Los Andes –








